jueves, mayo 27, 2010

Barco con yapa
11:03 a.m.

Barco con yapa

Publicado originalmente en DíaTreinta, en febrero del 2009. La ilustración la cambié por una mía, del puerto de Masusa, Iquitos. Discúlpame Aquiles, pero tu peque peque era monse.


Viajar en lancha de Iquitos a Yurimaguas “es la aventura”. Lo difícil: no hay horario de partida, la comida es horrible, los cocineros te acosan porque el frío –sí, el frío– hace presa de ti si no eres precavido. Lo positivo: desde la cubierta, si tienes suerte, podrás ver la caída de un par de meteoritos. Lo más fascinante: nunca tendrás la certeza de que llegarás a puerto el día señalado.

A Iquitos no se llega en bus, sino en lancha o en avión. Sólo hay una carretera que llega a la “capital de la amazonía”, pero al otro extremo de dicha vía terrestre se encuentra la económicamente irrelevante Nauta. Cuarenta años esperaron los loretanos por cien kilómetros de asfalto que llevan a ningún lado. Las líneas aéreas, a decir de los locales, hacen su agosto con los precios. Un pasaje Iquitos-Lima puede llegar a costar US$ 150, sólo ida.

Por otra parte viajar en lancha de Iquitos a Yurimaguas o a Pucallpa puede costar desde veinte soles para los más osados, quienes acompañan la carga y animales en la bodega del navío, hasta 350 para los que, en su suite, disfrutan de los placeres que significan un ventilador, cama de dos plazas, televisor y baño propio. Una vez llegados a cualquiera de los dos destinos se puede viajar a Lima por carretera a un promedio de 120 soles.

Lo confieso, siempre viajo en avión. Es más cómodo, rápido y seguro. Por el río la embarcación puede quedar varada en algún banco de arena, retrasando el viaje algunas horas cuando menos, o ser asaltada bajo la luz de la luna por piratas con fusiles y no espadas. Sin embargo pocas veces es bueno despreciar oportunidades de experiencias nuevas. Y así fue que me animé a cubrir la ruta hacia Yurimaguas hace poco más de dos años.

La llegada o salida de una lancha no se puede precisar con la exactitud con la que se anuncia la de un avión. El Eduardo VIII, la embarcación que escogimos para nuestro viaje, debía llegar un lunes pero llegó un martes. Debía salir un martes pero se enrumbó a Yurimaguas un jueves por la noche. El contacto con el resto del mundo una vez alejados de la ciudad es por radiofonía. A media hora de Iquitos los celulares habían quedado sin señal. Pude pronto comprobar también que el pequeño radio que compré en el puerto no habría de emitir mejor sonido que un constante ruido blanco. Esto último porque me estafaron, otras personas podían escuchar tranquilamente RPP a bordo.

La noche en medio de la selva es oscura e intrigante y, contrario a lo que se puede pensar, horriblemente fría. A medianoche del jueves, apenas un par de horas después de haber perdido un par de aburridas partidas de ajedrez –todo juego en el que uno pierde es aburrido–, desperté con los pies congelados.

El desayuno a bordo, para los pasajeros del segundo piso, era un líquido gris con arroz sumergido en él. Eso fue lo que recibimos en nuestros tappers la primera mañana que pasamos en la lancha, la del jueves, la del día que decidimos ir al mercado a comprar cinco cajas de leche chocolatada y unas cuantas paltas. Porque el miércoles nuestros amigos nos habían ido a despedir al puerto por segunda vez –la primera vez fue el martes– y al enterarnos de que la lancha no partiría esa noche decidimos, a invitación de la tripulación(1), evitarnos la vergüenza que supondría ser despedidos una tercera vez. El almuerzo, por cierto, nunca fue más que un par de rodajas de papa sancochada, arroz y una pequeña presa de pollo.

La noche del viernes presentó un inconveniente especial. Según el tripulante encargado de vigilar el tercer piso, casi todos los cocineros de lancha son gays. Eso supone al menos dos homosexuales por lancha. En nuestro viaje debimos contar además con la presencia de tres homosexuales como pasajeros y su respectivo mapero (2).

Lleven ustedes la cuenta. Al atardecer, mi amigo y yo nos dirigimos a los baños para el respectivo duchazo-afeitada-lavada de dientes. No había yo concluido la primera parte del procedimiento cuando escuché que mi amigo, desde el baño vecino, se enfrentaba verbalmente contra algunas voces amaneradas. Alguna relación había en esa discusión con los pequeños huecos en el fuselaje que separaba los baños de la cocina del tercer piso. –Vayan a mirar a mi amigo, él la tiene más grande– gritaba en su defensa, haciéndome menudo honor en semejante situación. Al ver violados con palitos de chupete los huecos en el fuselaje que había yo tapado con jabón, decidí que mi baño había concluido. Aún quedó pendiente la amenaza de aquella voz amanerada: “en la noche los vamos a buscar”.

Ellos pensaban que dormíamos en nuestras hamacas, en el tercer piso. Esto porque nos relajábamos frescos en ellas durante el día, gracias a que el capitán nos permitió mantenerlas ahí sin costo adicional. Pero no pensábamos delatar nuestro cubil felino. Decidimos permanecer en cubierta, en la parte delantera de la nave hasta estar seguros de que todos estaban dormidos. Así fue que nos quedamos despiertos hasta las dos y media de la madrugada. Hacía frío. No había llevado casaca.

Un evento astronómicamente imposible se dio aquella noche: dos estrellas cayeron del cielo cual si hubieran estado sujetas por ligeros hilos. Un momento estaban fijas junto a sus compañeras, al siguiente caían, quién sabe si al infinito espacio o simplemente a la inmensa selva amazónica. Los extraterrestres llegaron ya, se me ocurrió bromear frente a la afirmación de mi camarada de que se trataría de un caso UFO.

Las porciones de nuestros almuerzos al día siguiente eran notablemente más pequeñas y decidimos, por precaución digestiva, no comer nada.

Para el sábado ya había entablado amistad con una inglesa llamada Helen que venía viajando como mochilera desde Argentina. Era de la zona sur de Inglaterra -donde había campos, dijo-. Hablaba bastante de la pachamama. Yo, descreído y renegado de los mitos andinos y toda la marihuana, san pedro y ayahuasca que encierran, sólo le seguía la corriente.

La guitarra fue una compañera salvadora frente a la monotonía de la selva. A la izquierda árboles, a la derecha árboles. Conocí a un par de amigos de viaje, cuyos nombres ya olvidé, mientras competía en acordes con un pastor evangélico. Él tocaba canciones de iglesia, yo algo de Líbido. Yo gané. Estudiaban enla Universidad Nacional de la Amazonía Peruana y dormían en la bodega de la lancha. Esto recién lo supe por la noche, cuando los vi bajarse en Lagunas, un pueblo a medio día de Yurimaguas.

Tocaba la guitarra en los pasillos, en las bancas del salón del tercer piso, en mi hamaca. A Helen le gustaba Zombie, de The Cranberries, y la cantaba hermosamente. A mí me gustaba ella. A su enamorado también. Ella dormía con él en una suerte de carpa que habían instalado a un extremo del salón del tercer piso.

La mañana del domingo la pasé con la expectativa de llegar a Yurimaguas. Había visto bastante: bufeos (3) semi-colorados a babor mientras hacía cola para el almuerzo, venta de monitos a veinte soles la pareja, una manía de plátanos enanos a cincuenta céntimos. Pero el propósito de todo viaje es llegar. Extrañamente una vez en el puerto tenía el corazón inquieto, quizás a la espera de la próxima partida.

(1) “Se comunica a los pasajeros que la lancha no saldrá de puerto hasta mañana en la noche. Los que deseen pueden quedarse a dormir a bordo y se les servirá el desayuno y almuerzo de mañana”. Mensaje aproximado del capitán la noche del miércoles. Nos sorprendió cómodamente instalados en nuestras hamacas.

(2) Un mapero, contrario a lo que se podría creer, nada tiene que ver con la realización de mapas. Mapero, en la jerga iquiteña, es quien tiene el rol de activo en una pareja gay.

(3) Un bufeo es un delfín de agua dulce. El bufeo colorado pertenece a la mitología amazónica: Dicen que se convierte en hombre y engatusa a mujeres de la ribera, llevándolas consigo a las profundidades del río. Los bufeos vistos parecían tener el lomo rosado pero la panza ploma.

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