viernes, abril 09, 2010

El colegio de Agustín
5:56 p.m.

El colegio de Agustín

Me entero a través de Paco Bardales que otro blogger, Ramiro Celis, ha iniciado una suerte de colecta de memorias de los que alguna vez fuimos escolares agustinos -o agustinianos, si recordamos el boletín del colegio-.
La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que -felizmente- la gente las echa en el olvido. Ernesto Sábato en boca de Juan Pablo Castel, El Túnel.
Los recuerdos que guardo de mis años colegiales son bastante mixtos. No fui el matón ni el bacán, y baste decir esto para sobreentender que me lornearon quizás un poco más de lo que me hubiera gustado. Sin embargo era parte del clima, parte el ambiente, del negocio. Jodes, te joden, dependiendo de a quién es que puedes esperar la respuesta... o mejor te guardas la joda para alguien de menor rango. Porque sí, en el colegio se crean rangos que, aunque invisibles en galones y medallas, se hacen notar muy fácilmente. Pero esa es otra historia.
Adelante juventud / hacia el templo del saber / con valor y prontitud / marcha firme en tu deber
No fui uno de esos agustinos (como los hay claretianos en Trujillo) que estudiaron en el colegio desde el primer grado. No, aunque debió ser que sí: mis padres intentaron matricularme, pero no me aceptaron porque tenía cinco años en ese momento. Entré a la escuela que ya por entonces dirigía el hermano Víctor Lozano a mitad de primer año de secundaria. El choque no pudo ser más brutal: yo llegaba del María Auxiliadora, un pequeño y mixto colegio trujillano, donde por intentar un amague de bulla recibías una marca en la libreta de control que tus padres debían firmar todos los días.
El Colegio de Agustín / siempre tuvo por blasón / estudiar y seguir / la virtud con valor, / como lema y signo / grabado en el pecho / y en el corazón. / Ciencia y amor, / enseña de vivir / será claro guión / en nuestro porvenir.
En el San Agustín, el de Iquitos al menos, dicha libreta de control se veía reducida a un cuadernillo que presentabas firmado cuando al tutor buenamente se le antojaba (y todos mis tutores demostraron increíble capacidad para olvidarse que la libreta de marras existía). Cuando entre mis amigos trujillanos los comentarios pornográficos eran bastante incipientes, entre mis condiscípulos iquiteños trataban, con espejo en pie, de verle el calzón a la profesora. Aprendí que lo que en el María Auxiliadora se resolvía con algo de voz alzada o una amenaza de suspensión, en el San Agustín debía -necesariamente- llegar a una buena zamaqueada de parte de Duilio, de Bartolo y de -en divertidamente terrible última instancia- de Henry.

Lamento haberme olvidado del nombre de algunos, para estos y otros tendré como detalle divertido llamarlo por sus apodos.

Recorrerme los cuatro años que restan sería prolongado, bien entenderán mis hermanos en la escritura que mientras uno va escribiendo se le vienen a la cabeza más y más historias de las que, eventualmente, uno tendrá que prescindir. Por esto me jugaré en anotar algunos pasajes brevemente.
Corramos a la lid / daremos esplendor / al Centro ilustre / que nos formó. / En la ruta del deber, / seguiremos sin temor / porque querer es poder / y Agustín es el gran Doctor.
Tratando de recordar los nombres de algunos me encuentro con la lista actual de docentes, en la que el buen 'Zorro' Nelson López figura entre la directiva actual. Por este profe, que comparte apodo con Christian Meier, guardo un especial afecto. No fue hasta tercer año, con él como guía, que me fascinó la idea de escribir. Era una idea de infancia que ya había perdido para mi sexto grado. Ni Roque Maury con sus divertidas lisuras ("escúchenme carajos") fueron tan capaces como el buen 'Zorro' de devolverme la pasión que requiere Narrar -sí, con N mayúscula-.

De una ausente, la profesora Amaya, si bien cariño le guardo debo decir que mi Fe ha permanecido en el corazón muy a pesar de sus clases. La educación católica no debe asustar sino alegrar el corazón por el bello misterio de la Reconciliación. Esa debe ser una lección para tantos docentes del curso de Religión que toman sus clases -y por esto la toman así los alumnos- como unas horas de tedio irrelevante.

Encuentro por ahí también al genial Ahuanari. Y digo genial por dos razones importantes: me produjo un increíble gusto por las matemáticas, que no estoy muy seguro de haberse reflejado en la libreta de notas; además no recuerdo a docente alguno jamás que haya conseguido con sola presencia (y no es ni grandote ni musculoso) callar y tranquilizar semejante turba que hemos significado siempre los alumnos agustinos.

A Artemio Bocanegra le agradezco las clases ligeras e interesantes, calificativos usualmente muy distantes de los cursos de Ciencias Sociales. A Camilo Ramírez le debo algo más importante. Fue durante sus clases, en las que no sólo nos remitíamos a lo que los textos de geopolítica decían sino que conversábamos con ardor sobre las repercusiones del conflicto del Cenepa, por aquel entonces reciente. En esas clases yo iba forjando mis ganas de cambiar el mundo, y mis dotes dialécticas.

Aquí el segundo apodo: 'Munrra', que no tiene nada de mala sangre, sino que Oswaldo Soto, patriota como él sólo, cargaba ya por aquellos días con más años de los que cualquiera podría aguantar. Y los cargaba firme, como buen soldado, con la entereza con la que cantaba. Con sus Aviator bien colocados sobre la nariz, siempre. Hombre muy inteligente, debió ser presidente de la República. Al menos por amar tanto al país.

Elder Quevedo es un tipo muy gracioso. Era, en mis días, colaborador de Pérez (a.k.a. 'Gamboa') en las labores de O.B.E. y profesor de Contabilidad. Sí, aprendí Contabilidad en primer y segundo año de secundaria. No se preocupen, ya la olvidé.

Eduardo Sánchez eran dos palabras que no se me venían a la cabeza ni de casualidad hace unos meses, cuando me lo encontré en su puerta de la calle Ucayali. Sólo lo recordaba como 'Papazo' y estoy seguro de que sigue siendo un buen profesor de Educación Física, exigente, recio, carajeador. Y por su bien, espero que aquellas madrugadoras vueltas en trote al estadio Max Augustin en verdad me salven el corazón a los treinta años.

No está en lista, pero merece mencionarlo. Sé que se apellida González, pero sé más que lo llamábamos 'Tufo'. Era un buen profesor, muy bueno para ser sinceros. Y ser muy bueno se paga caro en un colegio de puros hombres. El pagó intereses y moras elevadas e innecesarias. Al menos sé hacer marcos y letras diseñadas en hoja de sketchbook, pero aún no sé para qué.

En el San Agustín fui clown, de la mano de Carlos Robalino -de la mano y nada más, dadas sus andanzas actuales-, con Jibaja y Harley. La Caperucita Roja fue nuestra obra, para los que puedan recordar. En el San Agustín cultivé amistades invaluables: Oscar, Jair, Pepe, Rocha, Falla, Pinares, el recientemente fallecido Mauro, Tapia, y tantos otros de la promoción XLVI.

Me recuerdo hace un par de años caminando por Parque Kennedy, en Lima, pensando precisamente que ese sería el mejor lugar para ser encontrado por algún inesperado conocido. Menos de cinco minutos después, me encontraba con Carlos Vinatea, que estudiaba cocina allá. Con esto dejo claro que no se puede escapar del "fantasma" de ser agustino, aunque así lo quieras. Ser agustino es algo que se lleva en el alma.
Sigámosle con fervor / anhelando su saber / y poder llegar / hasta el fin / cual heroico paladín.
Cosa de Dios, al regresar a Trujillo y entrar en el Movimiento de Vida Cristiana, mi primera agrupación se llamó San Agustín. Esa sigue siendo mi agrupación, y este mi santo preferido, mi modelo de conversión.


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