jueves, julio 09, 2009

Casa Grande: lo que el tiempo se llevó
2:09 p.m.

Casa Grande: lo que el tiempo se llevó

Casa Grande tiene una forma completamente diferente en mi memoria. Cuando la recuerdo, era un pequeño pueblo, con unos grifos con manivela para sacar el agua ubicados en plena calle, con el tren recorriendo sus rieles en noviembre, con la plaza y sus árboles con formas divertidas. Cuando la recuerdo es tan no como ahora, es tan rural, tan tranquila, tan bella.

Y quizá sea un capricho cruel el mío de que la ciudad se hubiera estancado solo para ser una bella postal. Después de todo, parece ser que el ladrillo, el concreto y la brea son los abanderados del progreso.

La última vez que visité Casa Grande hace unas semanas, ya estaba al tanto de las paredes de material noble de la casa de mi tía, mas no del feo marido de mi prima –quien fue mi compañera de juegos de infancia- y menos aún de su pequeña hija. Ya sabía que los rieles habían sido tapados por un boulevard de triste estética que ahora demarca quizá mejor la avenida, y aunque la fábrica sigue ahí, humeando, y las copas de los árboles de la plaza ya no formen figura alguna, no era por nada de eso por lo que viajé. Viajé para intentar reencontrarme con lo que ya casi era sólo un mito en mi imaginación: el recuerdo de un parque al que, junto con mi hermana, mis padres me llevaban cada vez que visitábamos Casa Grande.

Este parque contaba con todos esos instrumentos de juego que me gustaban tan poco. Tenía sus columpios, su resbalosa, sus sube-y-baja, y su cosa esa que no sé cómo se llama pero que parece una escalera doblada en tres. También había ahí una suerte de olla gigante giratoria, a la que nos subíamos para jugar al micro ("sube, sube, baja, baja"). Ese era probablemente el único juego que me interesaba, y nunca jamás encontré aparato parecido en ningún otro centro de entretenimiento.

Ya había tratado antes de ubicar el parque de marras sin éxito, pero esta última vez la curiosidad y la nostalgia pudieron más. Así fue que, luego de arrastrar conmigo a Fiorella por más de una hora bajo el sol abrasador del valle en una caminata que parecía destinada al fracaso,
encontré el parque, ya casi reducido a una pampa ridículamente cercada. De lo que alguna vez fue, ya solo queda chatarra. Y de la olla gigante nada, solo la base giratoria que me permitió tener la certeza de que aquel era el parque de mi niñez. La satisfacción infantil que sentí entonces valió por cada gota de sudor derramada.

Un check en mi lista de recuerdos infantiles por verificar.

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