miércoles, julio 04, 2007

Dramas éticos. Mi humilde (ja) opinión.
1:35 a.m.

Dramas éticos. Mi humilde (ja) opinión.

¿Es pertinente o no enseñar ética en las universidades de América Latina?

Sí, lo es. Pero no solamente sí porque suena bonita la añadidura de una palabra tan poco usual a la lista curricular de las diferentes –incluso las “renombradas”- universidades latinoamericanas, ni tampoco por una suerte de deuda moral para con sus estudiantes y con el futuro del país. Tampoco se debería brindar dicha enseñanza por una esperanza o anhelo de un mundo mejor, más bello, azulado, estrellado, o mil cosas más. La enseñanza de la ética, ya sea por el estado o por una institución particular, utilizada como un medio de cambiar el mundo o cosa similar, resulta por demás despótica. Quizá –y este posiblemente no sea más que un supuesto mío, y por lo tanto víctima de mis prejuicios y subjetividad- si es que se enseña ética como parte de un plan curricular universitario, este debería considerar al individuo mismo, el estudiante, como finalidad de dicha educación. De esa manera, si un individuo formado éticamente finalmente tendría una mejor capacidad de discernimiento y eso debería significar una mejor situación cultural-social, no es ético intervenir a priori en suponer o, peor aún, decidir a dónde nos llevará esta formación ética y cuál habría de ser dicha “mejor situación”. Si fuera de esta última manera, no estaríamos más que dirigiendo borregos según los preceptos e ilusiones de un grupo de bienintencionados pero lamentablemente equivocados docentes.

¿Qué es lo que podría aportar la ética en la formación de los estudiantes universitarios y al ejercicio profesional?

En principio, la capacidad de un análisis crítico hoy en día perdido en el promedio –por no aventurarme a decir mayoría- de alumnos universitarios. En un mundo de estudiantes adormilados entre internet –con las gloriosas facilidades de plagio que esta le ofrece- y el activismo de los trabajos universitarios cada vez más prácticos que requieren menos y menos uso cerebral, es imperativo el regresarlos de ese limbo. Es vital, no por el futuro de la humanidad sino por el presente de cada individuo, el despertar a la capacidad de observar y discrepar del mundo que lo rodea. Y más aún, tener la voluntad de objetar y proponer alternativas diferentes. Sin capacidad crítica, adormilados como están, habrán de permanecer ciegos, mudos e inertes en una edad en la que la energía y disposición revolucionaria es la que les sobra, una situación irrepetible en el resto de sus vidas.

Durante el ejercicio profesional, paso siguiente a la etapa universitaria, la teoría –muchas veces poco realizada en épocas estudiantiles- queda en los anaqueles y se procede con la brutal, insípida -y muchas veces animalizada- práctica. Si hasta aquí no la entendiste y te la creíste, la aplicación de la ética en el ejercicio profesional podría resultar fútil. Los obstáculos prácticos de la ética, cuando los paradigmas personales están mal formados, parecen muchos e insuperables cada uno de ellos. Aquí la necesidad de una formación ética es aún más crítica, tanto por lo difícil como por lo urgente. Un despertar ético en un trabajador le permitiría descubrir el mundo en el que vive, de lo que está rodeado. Entendería cuál es la razón de su trabajo, para él y para los demás. Descubriría la proyección y responsabilidad social que se desprende de su labor. Finalmente, tanto en el caso de un estudiante universitario como de un profesional, la formación ética rompería con el mayor temor de la humanidad y la confortaría: no, no estamos solos.

¿Qué beneficios o perjuicios podría provocar la ética a su ejercicio profesional a la empresa, el mercado y el desarrollo?

“Profesional ético” no es necesariamente una combinación de palabras que le guste a los empleadores más allá del papel. Una persona ética es peligrosa, porque piensa. Eso significa que si dicha característica va más allá de unas palabras en el currículo –es decir, si en realidad es un “profesional ético”- es un desempleado en potencia. El mercado, entramado en miles de redes de corrupción, tampoco es que presente demasiado apetito por personas “correctas” y menos aún “pensantes”. Lo que las empresas y el mercado demandan son operarios tan capacitados como un chimpancé, operativos pero tarados.

La ética debería revolucionar esto. Debería servir como vehículo del verdadero desarrollo, de uno con “rostro humano”. Empleos que traten a sus trabajadores como personas, con la dignidad que les corresponde. Un mercado que no mancille la humanidad en pro de la rentabilidad. Y un desarrollo que no haga amagues de tecnológico o económico simplemente.

Si la ética sirve para cambiar el mundo, debe primero cambiar a cada individuo. “La auténtica revolución empieza en los corazones”[1] señalaba Monseñor Giampaolo Crepaldi. Así, el mundo no podrá cambiar sin que cada individuo cambie primero. Pero no se debe mirar como finalidad el cambio del mundo sino el de la persona. El resto cae por su propio peso.



[1] En entrevista a Marco Méndez, pag. A11, diario El Comercio, Martes 1 de noviembre del 2005, Lima, Perú.

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